Microsoft gastó cerca de 80.000 millones para llenar Game Pass con títulos AAA.
La idea era convertir Game Pass en el «Netflix» de los videojuegos.
Pero los jugadores suelen volver a unos pocos títulos, no a cientos.
Los videojuegos piden decenas o cientos de horas, no un consumo puntual.
Ofrecer juegos «día 1» a suscriptores minó los ingresos de los desarrollos caros.
El servicio fue fantástico para jugadores pero insostenible económicamente.
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Subidas de precio y problemas de rentabilidad evidenciaron la crisis del modelo.
La larga cola concentra la atención en unos pocos éxitos, no en todo el catálogo.
Conclusión: más cantidad no garantiza más engagement; Microsoft replantea su estrategia.